vitrinas de otoño

El sol recién estaba saliendo, faltaba todavía más de una hora para que sonara el despertador, no había pegado un ojo en toda la noche, el miedo, la angustia y el dolor era demasiado grande como para entregarme al descanso… llevaba más de un mes así, y mi cuerpo apenas podía levantarse de la cama, y cuando lo lograba estaba largos ratos en la ducha tratando de limpiar todo ese cansancio y hastío de seguir viviendo.
Disimular mi pena, reírme sin ganas, todo era un esfuerzo y un trabajo que ya no lograba asumir, no sé si alguien lo nota, y en realidad poco me importa, lo que realmente quiero es que esto termine de una vez.
Creo que no recuerdo cuando empezó todo, al principio sentía mucho sueño y pocas ganas de hacer cualquier cosa, me empecé a alejar de mi familia, luego de mis amigos, luego de mi misma, me miraba al espejo y ya no reconocía esa cara amigable y esos ojos llenos de vida y de esperanza, ahora veo unos ojos cansados, opacos, secos de tanto llanto y sufridos de tanto odio, mi cuerpo se encogía y encogía cada día más, en cualquier momento desaparecería, y ojala fuera pronto.
Es extraña la soledad, a veces es la mejor amiga, cuando quieres silencio, tranquilidad para reflexionar o por último para disfrutar el no hacer nada, pero en estos momentos se ha transformado en mi oxígeno, todo lo que respiro es soledad y desaliento, la melancolía es la voz de la conciencia para mí.
Yo no entiendo cómo la gente espera tanto del amor si este lo único que hace es quitártelo todo, te deja solo y sin vida, sin aliento, sin fuerza, desesperanzado, agotado y sobretodo desilusionado, y eso es lo peor, porque la ilusión es la esencia de la vida, lo que nos mantiene niños y luego nos hace adultos ambiciosos pero respetuosos.
Yo estuve enamorada y lo entregue todo, mi vida, mi alma mis sueños y mis convicciones, proyecté mi futuro y todo lo que quería ser era pertenecerle a él, que sus anhelos fueran también mis anhelos, que su futuro fuera el mío, que sus proyecciones y sus metas fueran parte de las mías; toda mi fe estaba en nosotros.
Finalmente ese día logré salir de casa, había sol y corría una brisa fresca que por segundos me dio una sensación de satisfacción pasajera, fui como todos los días a buscar un café para lograr despertarme y alcanzar la energía mínima para llegar al trabajo. Mientras caminaba por el parque no pude dejar de notar que todos los días hacía el mismo recorrido, cruzaba las mismas esquinas, olía las mismas flores y veía las nubes a través de los mismos árboles; botaba el vaso de café en el mismo basurero, y me encontraba con las mismas caras que me miraban y reconocían mi tristeza todas las mañanas en las mismas calles, eran las mismas personas que alguna vez nos vieron dichosos y apasionados caminar por este parque camino al trabajo esperando que el día pasara pronto para estar juntos nuevamente, y compartir una copa de vino para contarnos cómo habían sido esas horas sin el otro.
Extrañamente y en un raro cambio de rutina – lo que implicaba un esfuerzo por dejarlo ir – cambié mi recorrido y caminé casi sin saber por donde y rápidamente, como si alguien estuviera a punto de atraparme por la espalda, avancé para no darme cuenta que estaba dejando atrás parte de lo que fue nuestra vida juntos.
Mientras caminaba me di cuenta que desconocía todo a mi alrededor, nada me era familiar, ni las caras, ni los árboles, ni las vitrinas, el café tenía un gusto amargo, y no tenía donde botar el vaso, el ruido era ensordecedor, la gente me empujaba como si no me viera, de pronto tuve que parar, mi corazón latía demasiado rápido, tenía miedo, de seguir avanzando, miedo de dejarlo ir, miedo de volver a empezar de nuevo, pánico a olvidar su cara y su voz, de pronto extrañé como nunca su mano en la mía guiándome el camino, sus ojos pequeños diciéndome te amo, y sus labios diciéndome “nos vemos en la tarde mi niña”. En esa pausa me miré en el vidrio impecable de una vitrina y me vi delgada, opaca y sin vida, de todo lo que él había amado no quedaba nada, ni un ápice de lo que alguna vez fui, él se había llevado con su adiós toda mi alma, mi corazón y mi sabia. El reflejo mostraba a otra mujer, una mujer débil y pequeña, desconocida y sola, que había olvidado lo que era la vida, en sus comisuras no había gesto, en sus manos no había fuerza, en su corazón no existía amor suficiente ni siquiera para ella misma, esa mujer era yo, o lo que quedaba de mí.
Corrí de vuelta al departamento a esconderme, sin embargo nadie puede escapar de sí mismo, ni esperar toda la vida por un amor que no volverá, y luego hice lo que hago todos los días al llegar a casa, escuchar un mensaje que me dejó alguna vez cuando aun nos amábamos, cuando su voz era tan familiar como el cigarro compartido en la terraza mirando el parque y la gente pasar. Era la última vez que escucharía su voz, porque sin darme cuenta y con todo el dolor que una mujer puede experimentar, apreté el maldito botón rojo y su voz desapareció para siempre… lloré durante horas, ese llanto en silencio que es aun más doloroso… y lo extrañé, porque en ese minuto lo perdí como se pierde el aliento después un duelo, como se pierde el frío luego de un abrazo, de sus abrazos.
Desperté dos días después sobre nuestra cama, sola, el sol llegaba justo sobre mi pequeño cuerpo cansado, la ventana estaba abierta y podía ver los árboles del parque y sus hojas cayendo en nuestra terraza, sin embargo de pronto sentí que era mi terraza, mi cama, mi casa. Tenía la boca seca y los ojos hinchados, me miré al espejo y vi mis pómulos sonrojados, fui por un vaso de agua, camino a la cocina, sentí mi cuerpo liviano, mi corazón estaba tranquilo, mis pies descalzos disfrutaron sobre la madera, me senté en el sofá azul y miré directo a la máquina grabadora de mensajes, no podía ver si la luz marcaba alguna llamada perdida o un mensaje antiguo, no recordaba bien si había borrado realmente lo único que me quedaba de él, su voz amable, cariñosa y fuerte, mi estómago se apretó por un segundo y mis manos se tensaron sobre el cristal frío, me puse de pie y enfrenté a esa maldita máquina de esperanzas, y no había luz alguna, no existía nada ahora que me recordara cada día a él, me sentí aliviada y por primera vez en mucho tiempo sentí que mi cuerpo no se encogía, podía sentir mis hombros y mi pecho descansados, el duelo había terminado, y podía salir de mi casa sin miedo a recibir miradas lastimosas.
Hice el mismo camino de siempre, saludé a quienes me encontré, fui a la misma cafetería y me compré un té y una revista que disfruté mientras veía las nubes pasar entre los árboles, por fin el día estaba maravilloso, y de pronto, me di cuenta que sonreía, sin motivo alguno, pero finalmente sonreía.


0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home